[Relato]Encuentros en la encrucijada

Crónicas de la Biblia de Aglaia III

Slayers Reena y Gaudy
Reconozco la inspiración de esta saga con Slayers (Reena y Gaudy)

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Astra cruzó el rio por el puente, continuó hasta la mitad de la encrucijada que unía los caminos del bosque.
«¿Cuál debería ser mi siguiente paso?», pensó frente al poste de direcciones. «Aranea, Meridia, Tudor y Pireo. Jamás escuche nada sobre ninguna de estas ciudades. El robo del fragmento de la Biblia de Aglaia fue todo un éxito. Conseguí la información tan rápido en aquella miserable posada que olvidé preguntar sobre los alrededores antes de escapar».
Aprovechó para descansar en un claro junto al camino donde devoró un par de manzanas frescas.
Ojalá hubiera una taberna en este cruce –murmuró tras escupir las semillas. Me comería una cazuela entera de estofado recién cocinado y preguntaría sobre las ciudades.
No tardó en descubrir que alguien llegaba desde el camino del puente, el mismo por donde ella llegó. Era un caballero errante con una espada larga colgando de su cinturón. Lucía una larga melena dorada e iba ataviado con un peto de cuero reforzado con cota de malla en las axilas y brazos.
Astra colocó su capa detrás de los hombros, interpretó su mejor gesto de mujer dulce e inocente antes de lanzarse al encuentro del caballero.
¡Noble caballero! expresó con exageración. ¿Estaríais dispuesto a ayudar a una hermosa doncella en apuros?
Por supuesto, he prometido ayudar a cualquier necesitado.
Astra abrió los ojos y juntó las palmas de sus manos en un gesto infantil.
Niña agregó el caballero, ¿eres su criada? Llévame ante ella, hasta la doncella.
Las ropas de Astra servían para el viaje, cómodas y elaboradas con cuero y pieles de caza. Nada que ver con las exquisitas y delicadas prendas que vestiría alguien de noble cuna.
Me refería a mí. ¡Zopenco!
Vaya, solo eres una cría perdida. No te preocupes, te acompañaré hasta tu hogar. Continue reading “[Relato]Encuentros en la encrucijada”

[Relato]El Guardián

Crónicas de la Biblia de Aglaia II

sword

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El sirviente se acercó para susurrar unas palabras al oído de su señor.
–Ha vencido a los cuatro capitanes de la guardia casi sin esfuerzo.
El sirviente se alejó fundiéndose entre las sombras de la sala.
–¿Cómo te llamas?
–Giles, mi señor –respondió el joven guerrero rubio.
–He escuchado que buscáis trabajo –expresó el señor sin inmutar el semblante–, y derrotasteis a mis mejores guerreros. Parecéis fuerte.
–Vuestros guardias presentan un aspecto fiero, capaces de intimidar a vulgares bribones. Pero sus habilidades de combate son pobres contra quienes no les temen.
La sinceridad de Giles perturbó al señor, solo un idiota hablaría con tanta indiferencia sobre la debilidad de sus hombres. Aunque era un idiota que les venció a todos en un combate singular.
–Por tus servicios como guardia puedo ofrecerte dos monedas de plata por cada ciclo lunar –dijo el señor–. Cada semana contarás con seis días de guardia, cuatro de entrenamiento y uno de descanso. El alojamiento y las comidas correrán por mi cuenta.
–Me parece poco. –Cruzó los brazos dubitativo–. Pero de acuerdo. Mi viaje acabó con todo mi dinero.
«Es un idiota», se dijo el señor. «Pensaba pagarle el doble si regateaba el precio. Su destreza puede ser sobrehumana pero su cerebro no da más de sí».
–Laertes te acompañará a tus aposentos.
Giles asintió.
El sirviente apareció de nuevo para conducirlo hasta el cobertizo de la guardia.

El cielo nocturno estaba despejado, las constelaciones brillaban con viveza. La luna nueva oscurecía el mundo lejos de las antorchas. Giles regresó del patio hasta los pasillos interiores, aparte de oscuridad también se encontró con silencio y soledad. Era su primera guardia por la noche.
Cuando llegó a la puerta de la cámara del tesoro recordó las palabras del capitán.
–Aparte de algunas joyas, el señor guarda un fragmento de la Biblia de Aglaia. Es un legado de su familia. Ante cualquier problema da la voz de alarma.
Giless bostezó y se sentó junto a la puerta, apenas había pasado una hora del turno, le quedaban siete más por delante.
Hacía cinco meses de su partida desde Argus, ciudad del oeste del continente. Los hombres de noble cuna tenían por costumbre aventurarse por el mundo para demostrar su valía, para ganarse los derechos dinásticos de su familia.
En Argus no confiaban en la magia, ellos eran guerreros y siempre defendieron el territorio con la propia fuerza de hombres y mujeres. La hechicería era rara, pero a los magos poderosos nunca le faltaban contratos para abusar con su poder de los profanos.
–La Biblia de Aglaia –susurro Giles.
Había escuchado muchas historias sobre ella, pero siempre pensó que eran un mito. Los fragmentos que existían eran garabatos sin sentido alguno. Las familias nobles las guardaban con orgullo y los bandidos trataban de hacerse con ellas para venderlas al mejor postor. Pero si la Biblia era tan poderosa por qué hacía mil años que no se desataba su poder.
La espada de Giles también era un legado de su familia, su abuelo partió con ella para ganarse un nombre, al igual que su padre.
Su adiestramiento como guerrero empezó cuando cumplió cinco años. Su tío le enseñó a moverse como un felino y cuando llego a los doce su propio padre se encargó de fortalecer su estilo.
«¿Qué honor voy a ganar sin dinero para continuar el viaje?».

El golpe sobresaltó al joven guerrero, ante él se erigía uno de los capitanes con semblante serio. Detrás había cuatro hombres con antorchas crepitantes. No los escuchó llegar.
–Inútil –musitó el capitán–. Te has quedado dormido.
En ese momento observó como la puerta de la cámara del tesoro estaba abierta. Habían robado durante su guardia.

Continuará…

@NeoToki0

[Relato]La flor de Isadora

Crónicas de la Biblia de Aglaia I

flor-isadora

La luz que irradiaba el cristal abrigó el viejo altar ocultado por las sombras, revelando el aspecto lúgubre del templo. La piedra de los sacrificios estaba enterrada por el polvo y las telarañas, al igual que el resto de elementos de las ruinas, aunque aún conservaba los restos de sangre de quienes en el pasado fueron entregados a unos dioses ya olvidados. El aura a muerte todavía impregnaba el ambiente.
«Otro templo saqueado por completo» pensó Astra. «A este ritmo jamás encontraré ninguna referencia». Comprobó las vasijas milenarias de los extremos que se desintegraban con la más leve presión, desvelando pequeñas criaturas momificadas y endurecidas como una roca. Astra imaginó que eran niños, no se atrevió a pensar cómo acabaron así.
Elevó el trozo de cristal para apreciar el desfigurado mural del fondo. Todavía se distinguían algunas figuras, la pintura desapareció hace mucho y una capa de moho verde coloreaba los rincones. Incluso crecían algunas hierbas sobre una de las fisuras en la piedra. En el centro destacaba una forma humanoide consumida por la erosión.
—¿Aglaia? —preguntó Astra en voz alta. Con la yema de sus dedos acarició el relieve pulido—. Necesito información sobre la Biblia, me niego a creer que seas tan solo una leyenda.
La huella de Aglaia era rodeada por otras siluetas consumidas por el paso del tiempo, lo que en un pasado lejano fueron los emblemas de las casas que custodiaban los secretos de la Biblia. Astra reconoció la flor de Isadora entre las formas desgastadas, su inconfundible relieve sobresalía en la roca. Cinco puntas de líneas curvas en perfecta armonía geométrica. Esa flor era la única pista que tenía sobre la Biblia de Aglaia. Aunque también era la causa de sus problemas.
Agarró el trozo de trenza pelirroja que llevaba anudada sobre su colgante. Su imaginación voló hasta la tierra donde creció, hacia el mar de pastos verdes de la pradera de Neryn donde con las primeras señales de la primavera se asentaban los kuyenda, su pueblo nómada.
En la tienda del abuelo siempre había un rincón para el tiesto de las flores de Isadora, tan blancas, idénticas y hermosas. Junto a ellas estaba el marco de papiro con el fragmento de la Biblia de Aglaia. Una flor de Isadora perfectamente dibujada encabezaba los caracteres de una lengua olvidada, que su tribu transmitía cada generación. El manuscrito detallaba los principios para iniciarse en la hechicería.
La lona de la tienda se abrió y su abuelo entró.
—Astra, No has terminado de curtir las pieles de ciervo.
—Lo siento —respondió mientras se incorporaba del suelo—. Olvidé regar las flores. Trabajaré hasta tarde si es necesario.
—Estabas repasando la Biblia —reprochó el anciano. Astra agachó la cabeza—. Estás sucia y con el trabajo a medias. Si vas a posponer algo que sean tus estudios.
—Mirenia me contó que mi madre era una hechicera experta a mi edad. —Astra acarició el trozo de trenza roja como cada vez que pensaba en su madre, era el único recuerdo que guardaba de ella—. Apenas sé reproducir los conjuros elementales, quería repasar unas líneas antes de olvidar los consejos que la sacerdotisa me mencionó.
—Eres su viva imagen —dijo agarrándole del hombro—, si no fuera por tu cabello negro creería que he vuelto atrás en el tiempo. No te preocupes por tus habilidades mágicas, ni quieras parecerte a tu madre más de lo debido. Fue a los diecinueve años, a tu misma edad, cuando se marchó por primera vez de la tribu, a las tierras del oeste. A veces me culpo por haberle forzado tanto para convertirse en sacerdotisa, aunque al menos tú llegaste más tarde.

Los buenos recuerdos pronto se turbaron, aún era muy reciente el dolor.  Hacía solo un año del ataque contra su pueblo, todavía le zumbaban los oídos con el rumor de la lucha.
Astra dormía profundamente cuando los gritos de desesperación ahogaron el silencio nocturno.
—¿Qué ocurre? —gritó Astra al despertar en mitad de la noche. Su abuelo la sacó del lecho de pieles donde descansaba.
—Bandidos —respondió—. No hay tiempo, vamos a mi tienda. Continue reading “[Relato]La flor de Isadora”