[Relato] SyM -cap. 2: El palacio de los diablillos

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Nota: Este cuento continúa la historia: el soldado derrotado.

El palacio de los diablillos

El soldado continuó su rumbo hacia la ciudad, sus pensamientos cuestionaban la autenticidad de los regalos mágicos que le entregó el anciano a cambio de la poca comida que le quedaba.
Cuando caía el crepúsculo encontró en la lejanía la ciudad, pero antes había un rio donde navegaban plácidamente tres gansos. El soldado se situó cerca de ellos, en la orilla, abriendo el extremo del saco.
–Gansos, entrad aquí –ordenó.
Y sin dudarlo las tres aves se introdujeron en él.

Una vez en la ciudad, el cansancio y el hambre hacían mella en el soldado. No tardó en encontrar una confortable posada.
–Posadero –dijo mostrando el contenido de su saco–, si me horneas uno de los gansos y me proporcionas una buena cama, te entregaré de buena gana los otros dos.
El posadero accedió a la oferta, le preparó una sabrosa receta con el ganso. Cuando terminó de comer condujo al soldado a una de sus mejores habitaciones, donde descansó tranquilo por primera vez en mucho tiempo.

Durmió todo lo que le pedía su cuerpo, hasta que una mañana se levantó sin noción alguna del tiempo. Se percató de las increíbles vistas de las que contaba la habitación, un majestuoso castillo se presentaba ante los ventanales, como si fuera un cuadro.
Cuando encontró al posadero le preguntó sobre el castillo.
–Ese castillo está maldito. Pertenecía al rey, pero de eso hace ya algunos años. Ahora moran en él unos diablillos. Cada día a media noche se escuchan escándalos y alborotos. A los diablillos les encanta el caos y las apuestas.
–Recuperaré el castillo del rey –afirmó el soldado con decisión.

Los diablos dormían mientras el sol dominaba los cielos, por ello, el soldado entró sin problema al castillo. El salón principal era un cúmulo de muebles rotos y rincones polvorientos. Prendió la chimenea y acomodó una gran mesa junto a ella.

El día transcurrió tranquilo, y cuando se marcharon los últimos rayos de sol, una penumbra se dibujó alrededor de la chimenea y las sombras habitaron los recovecos lejanos.
A media noche los ecos de las risas retumbaron en las galerías del castillo hasta alcanzar el gran salón. No tardaron en surgir sonidos pesados de aleteos y por último llegaron unos pasos ligeros y cercanos.
–¡Un humano! –dijo el ser que atravesó el umbral provocado por la luz de las llamas.
El diablillo apenas alcanzaba un metro, era enclenque de piel escarlata y manos retorcidas. En su espalda crecían unas alas negras y peludas al igual que los cuernos de su cabeza.
–Pido comerme sus brazos –rebuznó otro que abandonó las tinieblas y pronto una docena de ellos se acercaron a la chimenea.
–¿Qué hacemos con él? ¿Lo ensartamos en un palo?
–Sería más divertido lanzarlo a la hoguera.
–Yo tengo hambre.
El soldado se levantó y con un gesto distinguido los invitó a sentarse.
–Caballeros ¿dónde están vuestra hospitalidad? He oído que os gustan las apuestas –dijo enseñando su baraja mágica de cartas.
Los diablillos aceptaron jugar a las cartas e hicieron un corrillo entorno a la mesa después de traer diez barriles llenos de tesoros de los torreones y la profundidad de la mazmorra. El soldado apostó lo único que poseía, su propia vida.

La noche fue larga pero caliente junto al fuego, jugada tras jugada ganaba el soldado ante la impotencia de los diablillos que perdían incluso utilizando las más viles artimañas tramposas.
–Estoy harto. Vamos a matarlo –graznó un diablo cuando el haz de luz anunciaba el amanecer en las ventanas.
Los otros diablos revolotearon por el gran salón bramando obscenidades, derribando sillas e incluso tirando la gran mesa.
El soldado aprovechó para abrir su saco.
–Diablillos, os quiero en el interior del saco.
Y no tuvieron otra opción que obedecer. Luego el soldado anudó el extremo.

diablillo

Continuará en el próximo capítulo: La deuda. Esta historia está inspirada en el cuento popular ruso El soldado y la Muerte de Aleksandr Nikoalevich.

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