La Ciudad de los Desperdicios

Clavo atravesaba las montañas de basura de camino al agujero donde vivía, todas las tardes recorría la misma ruta en la Ciudad de los Desperdicios, aunque allí no había ciudad alguna. La zona era el resultado de acumulaciones de escombros a cientos de kilómetros a la redonda, herencia de las viejas generaciones que poblaron el mundo, lejos de las ruinas de cualquier vieja ciudad. Tampoco había viviendas, los habitantes de la Ciudad de los Desperdicios se escondían entre los pequeños recovecos, con aspecto de cuevas, que formaban los desechos apilados.
Contaba el puñado de créditos que ganó vendiendo chatarra en la Fundición, ocultaba la alegría tras la máscara de gas que le protegía de los gases tóxicos acumulados en el ambiente. Aquel día encontró un artefacto interesante mientras rebuscaba entre metales para vender la basura, se trataba de un lanza arpones roto pero en unas condiciones bastante fáciles de reparar. El mecanismo no estaba oxidado, ni sus piezas herrumbrosas o deformadas. Incluso contenía un arpón con un cable metálico.
Su camino le condujo hasta la Plaza de Fin, un pequeño claro entre la basura en cuyo centro se erigía una gran torre de metal oxidada, la misma torre que le daba nombre a la plaza. La torre de metal, cuya entrada la sellaba una puerta blindada, tenía las paredes lisas y oscuras por la contaminación, su techo incidía en los cielos asomando entre las montañas de escombro que la rodeaban. Existía una vieja leyenda entre los habitantes de los alrededores, se decía que cuando el espíritu de los humanos se torciera hacia la oscuridad un ser horrible surgiría del interior de aquella torre y provocaría el fin del mundo conocido. Por esa misma razón nadie vivía cerca de allí, nadie excepto Clavo que siempre sintió una gran pasión por el edificio.
–Si pudiera subir hasta lo más alto de la torre, contemplaría lo que hay más allá de la Ciudad de los Desperdicios –se dijo a sí mismo.
Clavo se sentó en un rincón cómodo, abrió su mochila y preparó las herramientas. Con cuidado examinó el lanza arpones, y poco a poco lo desarmó, estudiando el mecanismo y calibrando cuál eran las piezas defectuosas.
Con su dominio de maquinaria, en menos de dos horas ya entendía todo el funcionamiento del artefacto, acopló el lanza arpones a su brazo izquierdo mecánico junto a un sistema de poleas para recoger el cable metálico del proyectil después de dispararlo.
Apuntó con su brazo hacia la cúspide de la torre y tras unos segundos activó el disparador hidráulico. Una línea provocada por la cuerda dibujó un surco en el aire hasta que el arpón impactó en la cima, luego, cuando la cuerda se detuvo, Clavo la agarró y tiro con fuerza hasta tensarla, volcando todo su peso para comprobar que estaba bien agarrada. Al notar que no cedía, accionó el mecanismo de retroceso de la cuerda y esta vez fue Clavo quien salió disparado.
Una vez en la cima de la torre, lanzó un grito de sorpresa por el increíble horizonte que se extendía más allá de las montañas de desperdicios. Por el sur asomaban los rascacielos en ruinas de la gran ciudad donde hacía siglos vivieron los humanos, de la que contaban tantas historias ya fueran verdaderas o no. Al otro lado, en el norte, se levantaba una majestuosa cadena montañosa de picos nevados, lugar del que nunca antes oyó hablar.
Cuando se recuperó de la maravillosa panorámica, intentó recuperar el arpón, pero estaba fuertemente incrustado en el borde del precipicio, desenganchó la cuerda y fue consciente de que el techo era liso y negro por la herrumbre, como las paredes de la torre.
Llegó el crepúsculo y los cielos se tiñeron de colores cálidos, para Clavo el tiempo se había detenido, contemplaba absorto el horizonte hasta que cayó la noche y las estrellas inundaron el cielo. Recordó que el arpón estaba inutilizado y recorrió el techo valiéndose de la luz de la linterna acoplada en su muñeca. Los bordes eran lisos, sin ningún saliente que le ayudara a descender.
Pensó que la única salida era amarrar de nuevo la cuerda al arpón y deslizarse por ahí, entonces fue cuando encontró una baldosa que sobresalía del resto del suelo. Con la ayuda de sus herramientas, levantó la chapa oxidada y descubrió una exclusa pero esta vez sellada con tuercas de seguridad de una forma que Clavo no reconocía. Aun así, la experiencia de Clavo desmantelando chatarra dio sus frutos, desenroscó todas las piezas que bloqueaban la esclusa y finalmente separó la tapa.
Alumbró con la linterna de su muñeca, la luz penetraba hacia el interior pero el haz era rodeado por una completa oscuridad. Entre las tinieblas nada se distinguía, las sombras anidaban agazapadas en los rincones y ninguna figura se apreciaba allí abajo.
–Necesitaré la cuerda para bajar –se dijo con un impulso instintivo de conocer el interior de la torre, pero luego recordó las historias sobre los seres horripilantes que habitaban dentro.
Algunos decían que la torre albergaba criaturas capaces de devorar cualquier tipo de vida del planeta, otros pensaban que cuando se abrieran las compuertas selladas expulsarían al exterior todo tipo de enfermedades letales. También hablaban sobre un ejército de androides, o una camarilla de brujas con poderes mágicos inimaginables.
Mientras cuestionaba sobre los peligros de bajar, se le escapó la herramienta con la que jugueteaba con las manos. Con un acto reflejo intentó atraparla pero solo consiguió resbalarse del borde y caer.

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Machinarium

Un fuerte estruendo metálico retumbo con eco. Clavo permaneció inmóvil sobre el piso, aunque estaba aturdido no sufrió ningún daño gracias a sus miembros artificiales. Prefirió escudriñar el lugar antes de incorporarse pero el silencio fue la única respuesta.
–¿Por qué no viene nadie a comprobar que ha pasado? –soltó al pasar varios minutos–. Quizás la torre esté abandonada.
Poco a poco tanteó la superficie del suelo, era lisa y metálica, esta vez el material parecía nuevo y pulido. Calculó unos diez metros hasta el techo, la única salida que conocía. Pensó en lo bien que le vendría ahora el arpón. Apuntó con la luz a su alrededor, se hallaba en una gran sala circular y se acercó a una especie de pantalla de cristal situada sobre un gran pedestal. Alrededor las sombras dibujaban lo que parecían mobiliario cúbico, excepto una figura cilíndrica que apreció en un fondo.
La base de la pantalla disponía de un teclado con decenas de botones. Clavo respiró hondo y pulso uno con cuidado sin que ocurriera nada, imaginó que se trataba de un panel de control. Probó suerte con otro botón, y luego otro, hasta que cuando no surtía ningún efecto aporreó todos los que pudo a la vez.
–Este lugar no tiene energía –musitó.
Poso su mirada en el cilindro del fondo cuando la vista se adaptó a la oscuridad, de pronto, su corazón latió con fiereza y se quedó sin aliento. En ese preciso instante supo que no debería estar allí. Dentro distinguió una figura humanoide que se contoneaba como un espectro.
La curiosidad le arrastraba lentamente hacia el cilindro, apuntando con la luz. Poco a poco la figura fue tomando forma hasta percatarse que era gran tubo de cristal y contenía una mujer flotando sobre un líquido burbujeante. Parecía una chica joven, con larga cabellera rubia y un traje blanco ajustado al cuerpo. Una maraña de cables estaban insertados por toda su piel.
Clavo posó la palma de su mano sobre el cilindro y notó una fina capa de escarcha. Frotó la superficie para apreciar mejor la belleza de la joven y fue cuando bajo su mano, sobre el cristal, se iluminó un rombo de luz violeta y el líquido comenzó a burbujear con fuerza.
–¡Mierda! –gritó–. ¿Qué he tocado?
El cilindro silbó y evacuó todo el líquido hasta desaparecer. Luego, el cabello de la chica se revoloteó en el aire por el centrifugado. Cuando todo el alboroto terminó, los ojos grises de la chica estaban fijos sobre Clavo. Y el cristal del cilindro se deslizó hacia arriba.

La joven arranco los cables conectados a su cuerpo y se plantó frente a Clavo con un gesto curioso, hasta que sorbió fuerte el aire con su nariz y tosió descontrolada.
–¡Puaj! Que hedor más asqueroso.
Con las manos tapando su nariz y boca, salió flechada hasta un mueble cercano, rebusco en él hasta que se colocó una máscara de cristal sobre el rostro.
–El aire está bastante contaminado. ¿Por qué esta todo tan oscuro? ¿Cuántos años han pasado?
Se acercó a Clavo y toqueteó su máscara de gas.
–¿Se supone que eres una especie de androide?
–¿Androide? –soltó indignado–. Soy un humano, me llamo Clavo. ¿Acaso no sabes distinguir a uno?
Ella continuó palpando la máscara, hasta que llegó al cuello y luego al pecho, debajo de la ropa, donde sintió el calor de la piel humana.
–Es cierto. –Continuó examinando los brazos mecánicos–. Parece unos modelos mecánicos bastante rústicos. Entonces, ¿qué haces aquí?
–Caí desde el techo mientras curioseaba la parte superior de la torre, fue un accidente. No busco ningún problema.
–¡Vaya!
–¿Qué me dices de ti? –dijo Clavo nervioso–. ¿Eres una bruja?
–¡Ja, ja, ja! –rió–. Las brujas solo existen en los cuentos, soy Celeste. Hibernaba aquí dentro a la espera de cumplir con mi misión, pero por lo que veo hay problemas con el generador principal.
»Formo parte de un equipo de científicos denominados Paraíso, estudiamos la evolución del ser humano y su impacto sobren el planeta. Esperaba debido a que el comportamiento del hombre tiende a la insostenibilidad y llegado el momento destruiría las condiciones que hace posible la vida.
Celeste se aproximó a la pantalla sobre el pedestal, seguida por Clavo. Pulsó algunos botones sin conseguir ningún resultado.
–Sin energía no funciona la inteligencia artificial que debía despertarme, mi misión es acabar con los elementos que pongan en peligro el planeta y aliviar los problemas que hayan causado los seres humanos en este futuro. Según los registros mi mascara, los niveles tóxicos se salen de las tablas.
–Entonces eres una bruja –dijo Clavo sin querer–. Oye, fui yo quien te despertó sin querer, te vi dentro del cilindro y toqué el cristal. Ahí fuera todo anda bajo control. Lo mejor sería que volvieses a dormir, seguro que el ordenador se enciende cuando te necesite.
–No lo creo, el sistema de seguridad debía despertarme tras mil años si no me necesitaban y había energía de sobra para todo ese tiempo. Así que gracias por venir. Casi me quedo hibernando por toda la eternidad.

Celeste se preparó en poco tiempo, se vistió con un traje antirradiación de color azul eléctrico, muy a la moda en la época de donde provenía, se ajustó el cinturón con numerosos utensilios colgando y por último abrochó un brazalete a su muñeca izquierda.
–¡Listo! –dijo con alegría –Ahora a comenzar mi misión.
–Iré contigo –aclaró Clavo.
–¿Me ayudarás?
–No, solo me siento responsable por despertarte, y por lo que le pasará a todo el mundo.
–Lo que le pase a la gente de esta época es indiferente, lo importante es que perdure la vida en la Tierra.
Celeste abrió una escotilla donde unas escaleras conducían al piso inferior. En la planta baja estaba la entrada y en el centro un sarcófago de metal. Celeste toqueteó el panel del control del sarcófago.
–Menos mal que la energía auxiliar funciona –dijo–. La cápsula y yo nos encontramos en perfecto estado.
El sarcófago se abrió entre chirridos hidráulicos. En el interior asomaba una cápsula del tamaño de dos puños, con un símbolo sobre su superficie, un triángulo amarillo con una espiral verde en su interior.
–He visto esa marca antes, en motores y maquinaria antigua. En la Fundición pagan muy bien por las piezas que la tienen, pero son muy peligrosas. Sé de algunos que murieron por la explosión de esos cacharros. Nunca vi uno tan grande.
–Significa precaución. –Celeste introdujo la cápsula en un bolso que se colgó al hombro–. Nadie debería manipular un artefacto con este símbolo sin los conocimientos adecuados. La gente de tu época es más ignorante de lo que pensaba.
La puerta blindada se abrió cuando introdujo una célula de energía en la ranura. Clavo se sorprendió al ver como un centenar de engranajes rodaban y varias capas iban desplazándose a los lados, arriba y abajo, hasta que quedó solo una puerta, la que daba al exterior. Celeste tiró con fuerza sin resultado.
–La entrada está completamente oxidada –aclaró Clavo.
–Ya contaba con ello.
Agarró un artilugio del cinturón, una especie de mango, al activarlo se formó una hoja de energía que cortó la chapa con gran facilidad.

En el exterior era todavía de noche, Celeste comprobó algunos datos tecleando su brazalete. La máscara de cristal reflejaba centenares de símbolos.
–Esto es un completo desastre. Clavo, ¿dónde vive tu gente?
–Mi casa está ahí dentro –dijo señalando un túnel entre los desperdicios–. El resto le tiene miedo a la torre, pero viven cerca, detrás de esas colinas.
–¿Las personas de tú época viven entre desperdicios? No es posible. Aunque eso explicaría las partes mecánica de tu cuerpo. Te prometo que acabaré con este vertedero.
Celeste utilizó un disparador del brazalete y lanzó al cielo un proyectil que explotó, dispersando una sonda sónica. Luego, el brazalete desplegó un holograma cuadrado que tomó la forma del terreno que reconoció la sonda.
–Ahora necesito la ubicación perfecta.
El mapa marcó un punto no muy lejano.
Celeste y Clavo no tardaron en llegar a su destino, el lugar era una hondonada entre la basura. Con otra de sus herramientas, Celeste disparó al suelo, creando un pequeño cráter que alcanzó el fin de la basura, donde comenzaba la tierra tapada desde hace tanto tiempo.
–Tan solo queda plantar la cápsula.
Clavo aprovechó para trazar el plan que inventó por el camino. Con la ayuda de una de sus herramientas cortó el asa para sustraer el bolso de Celeste, y utilizó sus piernas mecánicas para brincar a toda velocidad sobre la chatarra. Ella, con unos pies de humana corriente, no pudo continuar su ritmo. Ni siquiera le dio tiempo a utilizar alguno de sus artilugios para detenerlo.

Celeste vagó durante tres días por la Ciudad de los Desperdicios buscando alguna pista que le condujera hasta Clavo. Aprovechó para aprender de ese tiempo, conoció a los lugareños y el estilo de vida que mantenían. A ella la denominaron como la joven de la ciudad, pensaban que provenía de allí por su extraña vestimenta y por las conversaciones que a veces no comprendían. Ese día, una gran explosión sacudió toda la zona. Celeste sabía que allí encontraría a Clavo, donde ahora crecía un árbol enorme.
El árbol desarrolló en unos instantes más de cien metros de altura, todo poblado de ramas frondosas. La gente de aquella época no conocía lo que era una planta. Pronto los curiosos salieron de sus agujeros y rodearon aquella nueva forma de vida.
Cuando llegó Celeste, se unió a la muchedumbre y Clavo corrió a su encuentro.
–¿Qué es eso? Enterré la cápsula para que nadie la encontrara pero explotó surgió esa estructura extraña. Estamos en peligro.
–Todo lo contrario, ahora estáis a salvo. Se trata de Yggdrasil, un árbol, un ser vivo. Se alimentará de todos los residuos, crecerá más alto y cuando pasen unas décadas todas estas montañas de escombros oxidados se volverán verdes. Todo lo poblará un gran bosque y vosotros respirareis aire limpio de nuevo. Mi plan era plantar a Yggdrasil en la zona de mayor contaminación para acelerar su crecimiento. Ahora no importan unos años más o menos.

FIN

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